Historias

Se debe fortalecer el trabajo político con los militantes

Alberto del Frente Guerrillero Luciano Ariza:

“Se debe fortalecer el trabajo político con los militantes”


La cita para conversar con Alberto estaba pautada para un sábado a las siete de la mañana. Llegó una hora antes. Un contratiempo obligó aplazar el encuentro para el día siguiente, en un lugar distinto al acordado.

Alberto era clave para escribir la historia del Frente Guerrillero Luciano Ariza, fue el responsable de la comisión fundadora. Pero estaba de afán por asuntos de trabajo. Traía un pequeño morral al hombro que nunca despegó de sí, pantalón de jean roído en las rodillas y una camisa de algodón mangas cortas y cuello abierto. Olía a tabaco y sudor, a tierra húmeda; la barba corta, ceniza y crespa.

Cuando cruzaba las manos sobre la mesa, a la sombra de un cacao, se notaban sus manos callosas. Miraba con curiosidad el cuaderno de notas que escribía el entrevistador, como si estuviera asegurando el registro de lo que él iba narrando.

Es campesino de vocación y guerrillero camilista por convicción. Con apenas tercer grado de primaria y doce años, empezó a echar machete en varias fincas de café, maíz o frijol en su tierra natal, La Jagua de Ibirico, en el departamento Cesar.

Su padre fue aserrador y cristiano evangélico durante 30 añosllegó a ser pastor y su madre, encargada del hogar; fueron doce hermanos, seis hembras y seis varones del matrimonio, y seis varones más que tuvo su padre por fuera. Alberto se excusó haciendo un ademán con el índice de la mano derecha:No alcanzaba para que todos estudiáramos”.

En las FARC por accidente

Cuando el presidente Belisario Betancur y las FARC firmaron la amnistía de 1984, Alberto había comenzado, casi que por accidente, a formar parte de una célula del Partido Comunista. Unos meses antes, en una noche de tragos, Alberto y unos amigos se vieron vinculados en una trifulca con un hombre que, además de estar armado, era miembro de las FARC. El hombre nos apuntó y como yo estaba más cerca le partí la madre lo dejó fuera de combate y le quité la pistola; me citaron al campamento del Frente 24 por aquel problema, hablé con el comandante y le expliqué los hechos.

Escuchadas las partes del conflicto, Alberto quedó exonerado y lo invitaron a vincularse con las FARC. Déjeme pensarlo, respondió esa tarde al entonces comandante Torres. Debía integrarse a una célula del Partido Comunista, integrada por tres personas, y estudiar las políticas y disciplina, norma y criterio, trabajo político de masas.

Yo sé que usted es de buena familia, lo tanteó Torres, tratando de convencerlo al instante y le dejó un contacto para cuando se decidiera. El enlace era un hombre que Alberto conocía como técnico del equipo de fútbol del pueblo, mas no como guerrillero. A los tres meses conversé con él y cuadramos una cita con Torres en un campamento.

Se vinculó a actividades del Partido, y clandestinamente a actividades de formación en el campamento. El comandante le tomó confianza y lo invitó a trabajar directamente con él en la zona del Frente, que era distinta a la que en ese momento se encontraba pero le dije que lo pensaría y a la final se fue y quedé en la zona vinculado.

Y así transcurrieron los meses hasta que llegó a la región en 1985 el comandante del Frente 19, Israel; dos años después, por Israel entraría Solís Almeida, quien innovaría el trabajo guerrillero con la creación de las autodefensas campesinas y las células guerrilleras, donde Alberto estaría también articulado. El objetivo de éstas era darle seguridad a la gente, a los campesinos, y estar entrelazado con la comunidad.

Mientras las FARC comienzan a organizar lo que hoy se conoce como comandos de milicia, en Becerril (1987) ocurriría una de las primeras masacres contra líderes campesinos recuperadores de tierras. Alguien hizo correr la voz sobre una reunión con las FARC en un predio que había sido recuperado, y cuando los líderes llegaron al sitio encontraron fue una emboscada del Ejército, mataron a once campesinos.

A partir de esta masacre, las FARC orienta hacer zonas de protección y patrullaje nocturnos de las milicias para proteger a los campesinos. A cada comando le correspondía una noche, puntualiza.

Me hablaron de Camilo Torres”

Ya para 1988, cuando Almeida se va y entra Pedro Parada, comienza el despelote, no había reuniones de célula, ni orientaciones de los responsables del Partido. Me fui desanimado.

Desarticulado de las actividades del Partido Comunista, con el departamento del Cesar convulsionado entre la recuperación de tierras y la represión del Estado y los ganaderos, se encuentra con un antiguo amigo llamado Alexander que, antes de la masacre de Becerril, se conocía públicamente como líder campesino.

Después de la masacre sospechaba que era guerrillero porque desapareció, pero era un hombre bien conocido en la región y me puse a averiguar hasta que di con él, efectivamente Alexander era guerrillero del ELN.

La insistencia por conseguir el contacto Alexander no vino tanto porque sospechara fuera del ELN, o porque lo conociera desde la adolescencia, o porque estaba desanimado con los vaivenes de las FARC. Desde hacía tiempo conocía a un señor que le hablaba de Camilo Torres y la fuerza espiritual que representó en la década de 1960. Eso entusiasmaba a Alberto. Yo decía, si Camilo Torres se hizo guerrillero es porque había libertad de culto en el ELN.

Alberto venía de una familia cristiana, había escuchado la experiencia de Camilo Torres, creía en Cristo y su ejemplo de redención, era un hombre pobre y humilde del campo. Eso de Cristo y los pobres chocaba en las FARC.

Disciplinado, Alberto contactó de nuevo al que fuese el técnico de fútbol para plantear su salida. Debes esperar que el comandante decida, le dijo el hombre. Y la cosa se enredó, quedó en el limbo, hasta que en 1989 le comunicó a Alexander: Me quiero incorporar al ELN sin importar el proceso interno con las FARC, a lo que el último pidió tiempo para consultar con el entonces comandante del Frente de Guerra Norte, comandante Ricardo.

Fueron quince días de espera del mes de abril. Alexander volvió, porque además de la solicitud de incorporación de Alberto había una hermana de éste de la cual estaba enamorado.

Déjeme terminar un trabajito y arranco, le respondió el joven cristiano, quien contaba con 24 años de edad, porque debía un dinero y quería pagar la deuda. Acodaron entonces una nueva fecha.

Los primeros días

Con el ejército desplegado entre Becerril y La Jagua de Ibirico, y la guerrilla del Frente Martínez Quiroz cansadas y sin alimentos, la comandante Marcela con la barrigota del embarazo a punto de estallar dio la orden una noche de mayo para acampar entre las hojas de platanillo de una finca de la Guarumera, sin condiciones para guindar carpas ni hamacas.

Pasaron casi un mes en el mismo sitio sin moverse ni pegar un ojo. Recibían comida una vez al día gracias a la colaboración de un campesino de base que la preparaba y llevaba por la noche, logrando sortear los operativos del enemigo.

Por esos tiempos el Ejército había recibido una información sobre la supuesta presencia del comandante Manuel Pérez Martínez en la zona. Fue un mes duro, llueve que llueve y yo recién incorporado, mojados todo el tiempo, no sé a quién se le metió en la cabeza que el cura Manuel estaba por allá, maldecía Alberto.

En esos días pensó para sí mismo esto es duro y sentado en un palo, con hambre y el equipo húmedo, calculaba su destino según la concepción machista que defendía en el momento: Si las mujeres pueden, entonces yo también puedo; si se aguantan las mujeres, me aguanto yo. Fue su bautizo, aunque no hubo enfrentamientos, tuvo paciencia y valentía para no perder la calma en esos días y noches, prácticamente rodeados por el ejército.

La preparación en los campamentos de las FARC lo ayudó a soportar las primeras cuatro semanas en el ELN, aunque no tenía experiencia para moverse entre los operativos militares del enemigo.

Pasados 20 días de intensos operativos, la Dirección del Frente de Guerra Norte giró una orden para que cinco compañeros conformaran una comisión de trabajo en el municipio de La Paz, entre ellos nombran a Alberto, Mildré, Jesús y dos compañeros más.

El cuadre para cruzar del municipio de Becerril a La Paz era el siguiente: Alberto se hizo pasar por esposo de Mildré, Jesús era el supuesto hermano de ésta y los otros dos compas eran trabajadores que llevaban para trabajar en una finca también imaginaria.

Pasamos sin inconvenientes todo el cerco militar; nos recibió el comandante Lenis, en una zona tranquila de La Paz”, culminó Alberto.

A pesar de las limitaciones y precariedades materiales y de la embestida militar del gobierno en todo el departamento del Cesar, el recibimiento que le hicieron a la comisión que integraba Alberto fue calurosa. En La Paz nos transmitían solidaridad por lo que pasamos en Becerril y por lo que nuestros compañeros seguían pasando con el operativo militar encima y Lenis tenía una forma muy humana para tratar a todos, como de hermanos, reconoció Alberto.

Estudiando el arte de la guerra

A mediados de 1990, Lenis contaba con un destacamento de guerrilla de veinte combatientes que funcionaba al lado de la zona donde los militantes del ELN hacían el trabajo político organizativo de la zona. También formaba parte de este destacamento de guerrilla, el mando Audén, un compañero estricto por demás.

Con Audén me gané la primera sanción en la guerrilla casi que por nada y por mucho, se queja Alberto, quien el día de la amonestación había sido uno de los rancheros cocineros del día.

La orden era clara y precisa, los rancheros debían despertar a las tres de la madrugada para preparar la comida, el desayuno sería a las seis y la salida para la misión media hora después de la comida.

Audén era estricto con la puntualidad. Un reloj suizo. A las 6:15 a.m. todos habían comido, menos Alberto. Cuando faltaban tres minutos para las 6:30a.m. llegó de nuevo el mando con la vos tajante: Morrales al hombro….

Pero si yo no he terminado, comandante, titubeó Alberto, en un intento tímido por refutarlo y de inmediato recibió una retahíla: Compañero, usted tiene mucho que aprender. La disciplina tiene que ser así para que funcione; esta no es su casa, es un ejército.

Cuando llegaron al sitio planeado, el responsable le notificó al Alberto una sanción de dos días de rancho que no fueron tan duros como el abatimiento moral que sentía. Audén era un mando disciplinado, estricto, cuando lo llamaban en el guindo, a la diana, estaba listo con el morral a un lado y el fusil en la mano. Si iba a comer, el fusil y el morral lo colocaba cerquita, a la pata. Siempre estaba un paso adelante, dice Alberto, sonriendo, como si lo extrañara. Tengo que estudiar más, se exigía el joven guerrillero ante la disciplina de aquel mando.

Cuando regresó a la comisión de Lenis, tenía el carácter templado en acero. Si la diana era a las 4:45a.m., a las y media estaba listo, con el morral y el fusil al lado, escuchando las primeras noticias del día en un radiecito Sony de mano, esperando el llamado del guardia como lo hacía Audén en la penumbra de las cordilleras de La Paz.

En la guerra el que pone mayor sacrificio es el vencedor, reveló Alberto mientras acariciaba el recuerdo de aquellos primeros años. Los vietnamitas y los soviéticos lo demostraron, interrumpió brevemente, no sin antes mencionar que los grandes pensadores del arte militar que estudió con pasión fuer